jueves, 26 de mayo de 2005

... mientras al obispo se le enmohece la cara

Sigamos con el tema religioso. Bueno, religioso no. Con el tema de la multinacional Catolicismo Romano S.L. Yo la religión es algo que me tomo muy en serio y al que le tengo máximo respeto, así que prefiero no mezclarlo con esa gentuza.

Sigamos, pues, hablando de la Iglesia Católica, y sigamos hablando también de respeto. En este caso, hablemos de otro tipo de respeto (aparte del que se les debe, según ellos, profesar a ellos, aún cuando no se lo ganen y aún cuando ellos no lo tengan por nada ni por nadie) que les es muy caro. Cuando les interesa. El respeto a la vida. Bien. Yo tengo un GRAN respeto por la vida. Básicamente, por la ajena (la mía es mía y me la follo cuando quiero). Es por ello que considero que no me he dedicado nunca a torturar gente hasta la muerte ni a quemarles en hoguera en la plaza pública, no he bendecido ejecuciones ni guerras (civiles o no) ni he paseado a asesinos de masas bajo palio. Antes de que salga el típico meapilas exaltado a llamarme demagogo y tal (por favor, si lo hace, deme datos para demostrarme que lo que he dicho es mentira), también considero que no hay motivo alguno para mantenerla en casos en que para mantenerla sean imprescindibles métodos artificiales y donde la persona directamente afectada sufra sin motivo, máxime cuando dicha persona no puede actuar por su cuenta pero sí puede dejar claro que NO desea seguir viviendo. Y también considero que no tiene sentido traer una nueva vida al mundo cuando ello supone hacer necesariamente miserable como mínimo esa vida y con toda probabilidad la de sus progenitores. Y también considero que siempre tiene preferencia la vida y la salud del individuo existente sobre la del individuo potencial, por lo que no hay motivo para negarse a la investigación terapéutica sobre células madre. Y también considero que es un delito de lesa humanidad anatemizar la única (repito, ÚNICA) vía de frenar una pandemia como el SIDA sin castrar (y nunca mejor dicho) una parte fundamental de la biología humana como es la sexualidad.

A lo que iba en origen, en realidad, no era a esto, sino a que, al igual que tengo un gran respeto por la vida, también lo tengo por la muerte. Y por los muertos. No solamente por su memoria, que es algo más íntimo y personal (por más que no deje de ser colectivo, los muertos o son de todos o no son de nadie) sino incluso por sus restos físicos. Dejemos las cosas claras, los entierros no son para los muertos, son para los vivos. Para que tengamos un altar donde poder llorarles (por más que un concepto tan pagano pueda picar a los beatos de turno), pero, sobretodo, para evitar la propagación de enfermedades que provocaría el tener los cadáveres tirados por ahí, alimentando alimañas. En este sentido, encuentro totalmente normal el que se usen cadáveres humanos (de voluntarios, vale, insisto en que el tema es estrictamente personal) con fines médicos, sea a nivel educativo (estudiantes de medicina y afines) o terapéutico (trasplantes, extracción de hormonas). Incluso no me parece mal lo que hacía el alemán aquel de disecar cadáveres (de voluntarios, insisto), eviscerarlos y exponerlos. Lo que no me parece bajo ningún concepto es “arte”, pero ese es otro tema. Pero la profanación de cadáveres me parece un horror. Y la profanación de tumbas, más aún. Porque atenta doblemente contra los sentimientos, y puede atentar contra la salud pública.

Por qué les cuelo todo este rollo. Bien. Como saben (y si no lo saben, se lo explico), recientemente he estado de vacaciones en Gran Canaria. Uno de los días que estuve allí subí a Las Palmas y aproveché para visitar la Catedral de Santa Ana, que no la conocía. Ya saben, el principio de la iglesia, el cementerio y el burdel. Tres leuros del ala la entrada (esa es otra, el mantenimiento lo pagamos entre todos pero cobran entrada) para visitar la basílica (tan arquitectónicamente preciosa por dentro como sosa por fuera) y el museo (en otro momento les hablaré de las obras en él expuestas, que...). Y en esto que entro en una de las salas y me encuentro con ESTO:




Les incluyo un primer plano, por si les quedan dudas al respecto:




Un cadáver. Vestido con la ropa de domingo, expuesto en una urna de cristal con un lirio encima, como si fuese género de una carnicería. Buenaventura (ironías del destino) Codina, que fue obispo de Las Palmas y ahora están intentando beatificarlo. Un ciudadano más, en cualquier caso. Expuesto ahí como si fuesen hamburguesas de pollo. Consumido, momificado y florecido. Con la tumba profanada (y vaya usted a saber qué andaban buscando).

Y esta gentuza luego quiere venir a hablarme de respeto?

Pues nos ha jodido el profeta...

2 comentarios:

Sans dijo...

Hrmmm, yo por la tele vi otra iglesia en la que tenían también una persona momificada, una monja o algo así. Decían las monjas que no habían hecho nada para conservarla, que se conservaba así -momificadita y en formol como mínimo- ella sola.

Obviamente, no cuela, pero hay quien se lo cree. Y, claro, si pasa eso es que es milagro y tal y lo mismo si los fieles se enteran van a verla y hay más donaciones a la iglesia... Vamos, cuestión de pasta siempre.

Deu.

Anónimo dijo...

A mi lo que realmente me joroba es que se erijan como guía moral de TODO el mundo (hasta de los no cristianos) y que nos digan lo que podemos y no podemos hacer.

Y vale, que sean tan sumamente hipócritas de haz lo que yo digo, no lo que yo hago, también.

angua