sábado, 3 de julio de 2004

De rebajas

Necesitaba, con una cierta urgencia, unos pantalones. Así que, aprovechando que según san Corte Inglés, copatrón oficioso de España junto con santa Liga Nacional de Futbol, ya estamos en época de rebajas, he ido a comprármelos. Evidentemente, no al imperio del Mal (así, en abstracto y con mayúscula) que es el Corte Inglés, pero de rebajas al fin y al cabo.

No voy a comentar nada del recochineo que supone el que , de pronto, te vendan exactamente el mismo producto que doce horas antes un 70% más barato (porque, evidentemente, las tiendas siguen haciendo negocio en periodo de rebajas, entre otras cosas porque si no no las anunciarían tanto, y además porque hacer dumping -vender por debajo del precio de coste- es algo muy feo y casi, casi tan ilegal como bajarse música de internete, de donde se deduce que, por norma general, te están vendiendo las cosas hasta un 70% más caras de lo estrictamente necesario),ni tampoco del cachondeo que supone el que te rebajen unas cosas sí y otras no, así al buen tuntún, o que los descuentos vayan del 5 al 75% en márgenes de cinco en cinco, sin que haya ningún motivo aparente para ello (porque a ver, yo entiendo que las rebajas son un método para sacarse de encima, aunque sea a coste de una parte del márgen comercial, el material de temporada que, de otra manera, la tienda iba a tener que comerse, porque al sigueiente año la moda habrá cambiado por completo y esas cosas ya no las va a querer ni la Cruz Roja para enviarlas a misiones, y que por tanto tiene sentido el que las prendas de rabiossssa actualidad prácticamente te paguen para que se las saques de encima, que si no van a tener espacio en el almacén ocupado, mientras que a las cosas más, digamos, clásicas, les hagan un descuento puramente testimonial o incluso no las rebajen nada, pero ya me explicarán ustedes exactamente dónde está la diferencia metafísica que hace que, de dos pantalones del mismo material, mismo corte y misma talla, uno en color gris lápida y el otro en marrón diarrea de bebé, uno tenga un 50% de descuento y el otro nada...), sin otro motivo aparente, decía, que el propiciar la posibilidad de acabar confundiendo al cliente potencial de forma que acabe cogiendo algo que no esté rebajado creyéndose que sí lo está, y que no salga de su error hasta el momento de llegar a caja, momento en el cual, un poco por aburrimiento de hacer cola, otro poco porque el dependiente ya habrá marcado el importe de la prenda y un mucho por vergüenza torera, el cliente (ya no potencial, ahora en acto), acabará diciendo bueno, es igual, pónmelo, y se lo quedará igualmente, a precio completo. Y negocio redondo. Claro que esto es una conspiranoia mia y no creo yo que los tenderos y las grandes cadenas sean mal malnacidos y quasiladrones (nooooooo!) así que no hagan mucho caso del tema.

Menos mal que no quería comentar el tema, que si llego a querer extenderme hago una tesis doctoral... en fin, a lo que iba.

Quería hablar de la gente, que oye la palabra “rebajas” o “descuento” y pierde el oremus, el sentido común, la vergüenza y hasta las bragas si se tercia. Como ya he dicho, no fui a los grandes almacenes que son, al cabo, el motivo último de que se mantenga la integridad territorial de este pais que se llama España (gracias, señor Javier Nart, por acuñar una frase tan psicotrónica que es digna de ser citada en cualquier ocasión, ya sea un post en un blog de mala muerte, un entierro o una conversación con la pescatera), y tampoco lo hice el primer dia del periodo, y, por tanto, no he tenido la ocasión de encontrarme con la (por todas las partes, surrealista) escena de una horda de marujas que para sí la hubiese querido Gengis Khan pegándose por entrar las primeras en la tienda para poder comprarse un abrigo de mala calidad y dos tallas más grande de lo necesario por diez duros menos, pero aún así el paisanaje que te puedes encontrar en una tienda de ropa los primeros dias de las rebajas (máxime en un fin de semana, y no quiero ni pensar lo que será mañana domingo, que las tiendas abren, para horror de los sufridos empleados, y créanme que se de lo que hablo), sólo puede ser calificado como “apasionante”. Digno de un reportaje del National Geographic, oigan.

Desde la suripanta adolescente que, sibilinamente, pretende quedarse con el vestidito (mínimo, moníssssimo y a mitad de precio) que otra chica tiene colgando del brazo, con la excusa que uy, perdona, no me había dado cuenta que lo tenías tú (a lo que a la otra debería haber contestado mira, guapa,tengo pinta y hechuras de putarraca de arrabal, no de percha, a ver si te graduas las gafas, mona, cosa que desgraciadamente me temo que no hizo, al menos que yo oyera, con lo divertido que hubiese sido una pelea de gatas en mitad de la tienda), al tio que no cumplía ya los cuarenta y que tenía un cuerpo definible de cualquier manera menos como de Adonis y que, cansado de esperar en la cola de los probadores (que esa es otra, colas en los probadores, colas en las cajas... hasta colas para entrar en tiendas, he visto!), ni corto ni perezoso se quita los pantalones en mitad de la tienda para probarse otros, armado (es un decir) tan sólo con un tanga, para gran alborozo y risión de (la que supongo yo era) su legítima y (los que supongo yo eran) sus churumbeles. Y para vergüenza ajena de todos los demás. Se los juro, es totalmente cierto, que lo he visto yo esta tarde en el H&M de la Maquinista con estos ojos que no se van a comer los gusanos porque quiero que me incineren.

En fin, que el estudio del comportamiento humano (se que esa disciplina tiene un nombre, pero no me viene a la cabeza ahora mismo, agradecería que me sacasen de dudas) resulta a todas luces fascinante, y un cúmulo de sorpresas, luz y color. Pero que cada dia estoy más convencido de que, como decía Raimón (que no Raimon, como dicen por la radio, por dios, que la tilde está muy clarita, es una palabra aguda), jo no soc d'eixe món.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Psicología.

Anónimo dijo...

Psicología.

Urui