lunes, 26 de julio de 2004

Omertà

Salimos a la calle pidiendo conocimiento. Queriendo saber. Exigiéndoles la verdad. Reclamándoles que no nos engañaran (aunque supiésemos que lo iban a hacer, entre otras cosas porque les pagamos -o eso parecen creer- para ello). Teníamos todavía la sangre corriendo por las calles y las lágrimas en el rabillo del ojo, y les exigimos a gritos lo que parecían no querer darnos, nuestro derecho, sagrado e inalielable, a la ira, a saber contra quien movernos, a quien maldecir.

Nos contestaron llamándonos miserables. Diciendo que estábamos manipulados. Que era todo un complot contra ellos urdido por el malvado Polanco y el péfido Gabilondo (nota aparte: si en PRISA en general y en la SER en particular hubiesen sido tan estúpidos y pueriles como para dar pábulo a toda esa mierda, curiosamente lanzada por el autodenominado Sindicato del Crimen, confesamente creado para echar del gobierno a Felipe González -por lo que algo de razón deben tener, siendo auténticos expertos en el tema...-, su ego debería haberse hinchado hasta el punto de explosión. Cuanto poder concentrado, dioses...). Nos devolvieron a los tiempos (tan caros para ellos, por otra parte) de la radio galena debajo de una manta para intentar sintonizar Radio Pirenaica o Radio Andorra, solo que ahora teníamos internet y podíamos bucear en la ediciones digitales de la BBC, la CNN, el Times, el Washington Post, la Reppublica o Libération, medios todos ellos que (curiosamente) recibían la información incluso antes que el propio Ministro del Interior, el nefando Acebes.

Perdieron las elecciones. Parecen no haberse dado cuenta todavía, pero eso es lo de menos. Acabaron aceptando, a regañadientes, una comisión de investigación sobre lo que pasó, cómo pasó y por qué pudo pasar, más por hacer el paripé que por otra cosa, porque desde el primer momento dejaron claro que, para ellos, aquella comisión era única y exclusivamente para investigar la supuesta “manipulación informativa” entre los atentados y las elecciones que les sacó de la Moncloa. No importa ya quién lo hizo (la linea prioritaria es la que es, y nadie les va a bajar del Ásno(ar) a estas alturas), ni por qué (si puede haber un por qué para algo así). No importa el saber como es posible que toda la prensa internacional obtuviese la información antes que nosotros, el pueblo al que decían representar. No importa que la policía no dispusiera de traductores de árabe por falta de presupuesto, ni que desde el gobierno se negasen cosas que la policía ya había dado por buenas y hecho públicas. Lo único importante, lo único que hay que investigar, es quién envió el primer SMS que decía “pásalo”. Porque perdieron las elecciones, y eso no puede ser. Cuánta razón tenía el señor Aznar cuando en sus tiempos escribía artículos contra la Constitución en particular y la democracia en general. ELLOS, fuera del poder. Por orden del populacho, de la plebe. Habráse visto.

Y nos encontramos con declarantes vetados. Con que el ex presidente del gobierno declara a emisoras de radio en el extranjero que posee documentos que, por ley, no puede poseer. Con un Fiscal General del Estado que, casualmente de nuevo, no sabía de la misa la media hasta el dia antes de declarar, porque por “higiene mental” sólo ve documentales de la BBC (espero que tenga una larga vida, lo bastante como para poderse ver a si mismo en algún documental histórico -de la BBC, por supuesto-, choteándose de los españolitos de a pie), y que además tiene los santos cojones de decir que “total, en el atentado no murió nadie importante”. Jódete y baila. Cualquiera de los muertos en ese atentado valía tanto como usted, pedazo de malnacido. O, por lo menos, era más persona. Que, por si no se ha enterado tampoco de eso, tan enfrascado está en informarse sobre el ciclo reproductivo de la chirla de Moçambique, eran los curritos que le pagaban a usted el sueldo. Con un ex director general de la Guardia Civil que va a declarar no como tal, sino como eurodiputado por el PP. Con la VERGÜENZA (así, en mayúsculas) institucionalizada, pagada entre todos y servida en fascículos.

En su dia les exigimos glasnost. Todo lo que han sabido (y, sobretodo, querido) darnos, es omertà.

Con todas las connotaciones.

Y, encima, los otros, les siguen el juego, en lugar de correrles a gorrazos.

NOTA 1.- Glasnost: Ruso, transparencia. Nombre del proceso político (dentro del proceso global de la prestroika) que inició Mikhail Gorvachev en las postrimerías de la URSS con intención de liberizar el pais (liberizar en el sentido de dar libertad, no en el vomitivamente economicista de privatizarlo todo y dar paso a la ley de la jungla económica). Básicamente, se trataba de que la burocracia (incluyendo al gobierno) de la URSS empezase a trabajar con luz y taquígrafos. Funcionó razonablemente bien hasta que llego Boris Yeltsin, cargado de vodka hasta las cachas, y lo envió todo a la mierda.
Omertà: Italiano, silencio. También connivencia. Se aplica principalmente para referirse a la mafia (llegando a ser un eufemismo para nombrar a dicha organización), al ser una de sus tres reglas de oro (Omertà, onore, sangue). En dicho contexto, tiene el sentido de ley del silencio. Del tema NO se habla. Término popularizado por (si no me falla la memoria) Mario Puzo en la novela homónima, que iba, cómo no, de mafiossi.

NOTA 2.- Esta entrada ha sido tendenciosa y demagógica, lo se. Y no me importa en lo más mínimo. Ante posibles críticas al respecto, y en derecho a réplica (preventivo), invoco el principio de reciprocidad. Tal me han tratado, tal les trato. Y punto pelota.