martes, 7 de septiembre de 2004

Literatura de a veinte pelas el litro (IV)

Futuro lejano. La humanidad ha adquirido la capacidad de teleportación a media distancia y ha colonizado Marte, la Luna y satélites de planetas exteriores. El orden establecido es un neo-feudalismo basado en las grandes compañías industriales, aderezado con moral victoriana estricta. Ha estallado una guerra comercial entre los planetas interiores y los satélites externos, que ha acabado derivando en una guerra militar abierta. En una de las refriegas, es destruida una nave y queda un solo superviviente. Otra nave pasa cerca, le hace señas de emergencia y la nave pasa de él. A partir de ahí, todo gira en torno a la búsqueda de la venganza por parte del protagonista.

Añadan giros de guión inesperados, un producto químico de nueva invención que provoca explosiones termonucleares simplemente por la acción del pensamiento (se los juro, explica eso), referencias al Conde de Montecristo, el secreto de la capacidad de teleportación interestelar, tribus de salvajes científicos (como lo oyen, dicho así suena ridículo, pero en la novela tiene sentido y todo), intrigas palaciegas, ultraviolencia, proto-ciberpunk, tatuajes que sólo se ven cuando el tatuado se enfurece, piscodelia, pallasadas, historias de amor, espionaje high level y un poco de espíritu religioso de todo a cien, adóbenlo con una traducción que deja bastante que desear (lo del bióxido de carbono me hizo daño...), al menos en la edición de Gigamesh, y tendrán en sus manos Las estrellas mi destino, de Alfred Bester (1956).

Una novela que está considerada una de las mejores que ha dado el género de la ciencia ficción, si no la mejor, de forma casi unánime. Y hombreeeeee... No me pidan que les de el nombre de una mejor, que la CF siempre me ha gustado más en formato cine que en letra impresa, y a ser posible con un toque casposo de serie B, que siempre es más divertido. A ver, la novela está muy bien, es entretenida (me la pulí en una mañana de tormenta, que no tenía otra cosa que hacer), las cosas cuadran razonablemente, ha envejecido envidiablemente bien (podría haber sido escrita antes de ayer), está bien escrita, explica cosas interesantes... pero coño, que igual no es para tanto.

Que lo mismo soy yo, que soy negativo por naturaleza y que cuando me leo un prólogo o un artículo que me ponen un libro (o lo que sea) tan por las nubes me pongo a la defensiva y me pongo a sacarle fallos donde no los hay, pero tampoco lo encuentro tanto la novena maravilla que me pintan. La novela está bien, insisto, es recomendable y no pasa nada por leerla...

... pero es que tampoco pasa nada por no leerla, oigan.