martes, 3 de agosto de 2004

Fire on Babylon

Supongo que a estas alturas ya estará todo el mundo enterado de lo sucedido en Asunción, Paraguay. Centro comercial. Accidente. Un depósito de gas o una canalización, no está claro, destinado a alimentar los fogones de el bar-restaurante del local, explota. Hasta ahí la cosa no hubiese pasado de un breve, hubiesen habido, en el peor de los casos, diez, quizá veinte muertos (los que hubiesen tenido la desgracia de estar en el lugar equivocado en el momento erróneo) pero bueno... es una de esas cosas que pasan en las mejores familias. Es lo que comentaba el otro dia, la posibilidad de que las canalizaciones de gas o las bombonas de butano de nuestras casas se vayan a tomar viento y se nos lleven por delante es uno de esos riesgos que tenemos asumidos, y que de tan asumidos ni siquiera los tenemos en cuenta. Entre otras cosas porque los beneficios que nos dan los cubren con mucho. Y si toca, pues mala suerte, enterremos a nuestros muertos, averigüemos qué es lo que ha pasado y cómo se podría evitar que volviese a pasar de nuevo (los sistemas de seguridad única y exclusivamente nacen del estudio de accidentes anteriores, por ensayo y error), y a otra cosa, mariposa, que la vida sigue.

Pero la cosa no quedó ahí. La explosión originó un incendio, como es natural. Incendio que, si todo hubiese ido como debería ser, debían haber apagado los sistemas automáticos (sprinkles, y esas cosas, aunque estoy hablando muy deprisa al suponer que el centro los tendría. En las Españas son obligatorios, no se si en Paraguay también), o, en el peor de los casos, los bomberos. Una vez que los clientes hubiesen sido debidamente evacuados. Esa y no otra hubiese sido la secuencia lógica de acontecimientos. Pero ay, Carmela, que, para empezar, la tienda no tenía salidas de emergencia. No se exáctamente el tamaño que tendría, pero dado el volumen de muertos (más de 350) y heridos (varios centenares, también), y que es de suponer que habrá gente que salió (físicamente, al menos) ilesa, es de entender que era grande. La lógica, (e, insisto, en España las leyes, no se si es el caso del Paraguay) de nuevo, indicaría que un sitio de tamaña superficie y de afluencia público debería tenerlas. Pero eso no fue lo peor. El drama vino cuando el tres veces malnacido del gerente dió la orden de cerrar las puertas del establecimiento para que los clientes no se fueran sin pagar. Estremecedor hasta qué punto puede llegar la miseria de una persona. Pero es que, además, los guardias de seguridad le obedecieron, con dos cojones, llegando al punto de, según los testigos, disparar contra los bomberos cuando intentaban entrar. Que lo mismo me está perdiendo el cuarterón vulcaniano, pero, de nuevo, la lógica, a mí al menos me lleva a pensar que si dentro hay un incendio y un bombero quiere entrar, no va a ser para robar una bolsa de papas fritas y una cocacola de dos litros para hacer el aperitivo, no?

Hasta aquí lo sucedido. Que no es lo que quería explicar, porque ya lo sabe todo el mundo y todo el mundo lo explica mejor que yo, que soy muy torpe pa' estas cosas. Lo suyo es que yo estuve trabajando en un centro comercial de Barcebollas. No diré el nombre por si, pero los que me conocen ya saben cual es. Curraba de noche, y, aunque mis funciones no eran las de seguridad, que para eso ya estaba el segurata de turno (algunos de muy grato recuerdo, otros menos, y otros que si me entero de que les ha partido un rayo haré todo lo posible para poder ir al entierro y bailar sobre su tumba), pero al final, en resumidas cuentas, nos partíamos el trabajo. Y me conocía todas las salidas de seguridad del local. Entre otras cosas, porque había que alarmarlas por si le daba a alguien entrar por ahí y mantenerlas vigiladas... Y juro por dios que el dia en que en ese sitio le de por haber un incendio, de allí no sale vivo ni el gato que se metía en la vitrina de los embutidos y se comía la mortadela (que esa es otra, las medidas higiénicas dejaban BASTANTE que desear). Barras antipánico que no funcionaban, se habían caído y nadie había repuesto o que cuando intentabas accionarlas te quedabas con la barra en la mano (1). Salidas de emergencia, debidamente señalizadas, cerradas con candado o trabadas con barras de acero, porque el pestillo no cerraba bien y se abrían solas. Salidas de emergencia que daban al almacén (2), y detrás de las cuales solía haber percheros llenos de ropa, o directamente pilas de cajas (por no decir que las únicas salidas del almacén eran, o hacia la tienda en sí, o via ascensores -que nunca hay que usar en caso de incendio, porque hacen chimenea y se convierten en una camara de gas móvil- o subiendo un buen tramo de escaleras hacia las oficinas... que quedan encima de la tienda). Carteles de emergencia que no eran fosforescentes (con lo que, si se va la luz, no los ves)...

Vamos, que he oido decir que eso ha pasado porque Paraguay es un país tercermundista, y que esas cosas aquí no pasan. Los cojones. Eso no ha pasado porque sea tercer mundo (que tampoco tengo nada claro que lo sea). Eso ha pasado por un gerente que se merecería el castigo de Prometeo, y porque allí tienen más mala suerte que aquí.

Si no, de qué.

(1) Las barras antipánico son esas barras que cruzan de lado a lado de la puerta y que funcionan como un picaporte, al apretarlas se abre el pestillo. Se llaman así porque, en situación de pánico y aglomeración de personas ante la salida, no hace falta ponerse a buscar la maneta, simplemente con apretar con el cuerpo la puerta ya se abre. Esa es la teoría, aunque a mí siempre me ha parecido que entonces, el pobre desgraciao que haya quedado el primero tiene todos los números de acabar en el suelo y ser pisoteado por la marabunta. Aunque la verdad es que tampoco se me ocurre un sistema mejor.

(2) Parece una tontería pero no. Imagínense que el fuego se inicia en el almacén (cosa nada extraña, teniendo en cuenta la cantidad de carga de fuego que se junta allá dentro) y se avisa a los clientes por megafonía que, con tranquilidad y sin que cunda el pánico, se dirijan a la salida de emergencia más cercana. Pobres de los que intentasen salir por ahí, que les envíabas de cabeza a las llamas...