domingo, 28 de noviembre de 2004

Jugando a las cartas en el cementerio

Según la tradición popular, para conocer en profundidad un pueblo y su carácter (hablo de pueblo como cosa física, en el sentido de "municipio") bastaba con conocer la tasca, la iglesia y el cementerio. Si, además, el pueblo disponía de burdel, es que estábamos ante una población de categoría, y la visita al mismo (con fines estrictamente antropológicos, por supuesto), se hacía también obligada.

El devenir de los tiempos ha hecho que ese adagio quedase anticuado. Llegó un momento en que un pueblo no era nada sin cine, a ser posible teatro, y una macrodiscoteca en las afueras. Todo esto viene al caso porque hoy tenía la intención de hablar, de nuevo, de Santa Coloma, el pueblo donde tiene establecida la sede esta embajada. Un pueblo que no tié obispo (pese a que sus terrenos hubiesen sido, in illo tempore y durante mucho tiempo, propiedad del Arzobispado de Barcebollas), casas de putas sí (del palo burdel de carretera cutre, lo cual no deja de tener su coñita en un sitio tan introducido dentro de la trama urbana del Leviatán barcebollense, sin solución de continuidad), y donde frontones seguramente hay alguno en alguno de los tres polideportivos públicos o alguno de los gimnasios privados, pero no me consta. Como ven, nada comparable a Guasintón. Ni siquiera a Calahorra. Un pueblo que no tiene cines (aunque llegase en sus tiempos a tener tres, y aunque el alcalde quiera reparar eso por el expeditivo método de montar una multisala en uno de los tres edificios singulares de 24 plantas que quiere construir, siguiendo la estela de destrucción de la ciudad que marcó su padre, el Devastador de Tierras). Tiene, eso sí, bares y tascas à go-go, teatro (público e infrautilizado), iglesia (de un estilo indeterminado color de gos-com-fuig, pero razonablemente bonita), y cementerio.

Un cementerio. Relativamente nuevo, del tipo "archivo de cuerpos". Nicho tras nicho, bloque tras bloque, todos iguales, todos con lápidas hechas en serie, en las que sólo cambian los nombres, y el diseño de las flores de plástico. Y gracias. Un cementerio sin personalidad, salvo quizá en los nichos más antiguos, junto a la puerta de entrada. Es el Cementerio Nuevo, en la Carretera de la Roca, entre lo que es propiamente Santa Coloma y Montcada i Reixac. Como su nombre indica, hasta hace poco (un par de años, o así), había otro cementerio, el viejo. En pleno casco urbano desde el crecimiento descontrolado de la ciudad en los sesenta, rodeado de edificios y semiabandonado por las autoridades y la brigada municipal, que sólo se pasaban por allí la última semana de octubre, para que los familiares de los enterrados no tuviesen que entrar con el machete para encontrar las tumbas, llevaba allí dos siglos más o menos, y hay evidencias de que, incluso antes de que fuese oficialmente establecido como cementerio, aquella zona ya se usaba para enterrar a los muertos del pueblo que no podían (o querían) pagarse un entierro en los cementerios de Barcelona. El caso es que hace como un lustro, a alguien se le cruzó que, en la política de esponjamiento y mejora de la ciudad, el cementerio no tenía cabida, así que retiraron los cuerpos y las lápidas hacia el Cementerio Nuevo y construyeron sobre él un bloque de pisos y una plaza pública del tipo "plaza dura con trozos de cesped y arbolitos raquíticos" (que, por lo menos, han tenido la decencia de permitir que sean cipreses, ni que sea por memoria), y la reconvirtieron en la Plaza Ernest Lluch. Sobre en qué estaba pensando el que decidió ponerle el nombre de este señor (de quien no niego sus muchos méritos, pero que no tenía absolutamente nada que ver con la historia de la ciudad, más allá de alguna visita de cortesía esporádica en el ejercicio de sus cargos públicos), olvidando la memoria de la ciudad y que allí había habido un cementerio, no puedo decirlo, porque ni yo me lo explico.

He dicho que retiraron los cuerpos y las lápidas. Bueno, no es estrictamente cierto. Cuando empezaron a echar cemento para hacer los cimientos del bloque, aún salían huesos de la tierra (y lo se porque lo he visto, y las comparativas con Poltergeist las pueden hacer ustedes mismos, que son muy obvias), y, además, al diseñar el parque decidieron no tirar los tres panteones de que disponía el cementerio. Concretamente, dejaron el más feo y pequeño de los tres, en una esquinita, edificio que ahora usa la brigada municipal como almacén. También dejaron la cripta de la familia Sagarra, propietaria hasta mediados del siglo veinte de media ciudad y cuna de personajes que van de lo divino (Josep María, el poeta y dramaturgo autor de La Rambla de les Floristes), a lo deleznable (Joan, periodista), cripta que también se está usando como almacén y que, según dicen, conecta con los tuneles que van de la antigua finca de los Sagarra (actualmente, el manicomio y la facultad de dietética y nutrición de la UB, también conocido como Recinto Torribera, nadie sabe por qué) a la Torre Valldovina (un torreón de vigilancia medieval con un palacete noucentista construido alrededor, casa pairal de los Sagarra y actualmente museo municipal) y que de ahí cruza el rio para llegar hasta lo que hoy es Bon Pastor, y que durante la Guerra Civil se usaron como refugio antibombardeos.

Me preguntarán por qué les suelto este rollo. Primero, porque el blog es mio y me lo follo cuando quiero. Segundo, porque la semana pasada estuve volviendo de currar a las brujas horas de la madrugada por una ruta que cruzaba el antiguo cementerio, y me vino a la cabeza el tema. Y tercero, porque otra cosa que me vino a la cabeza es un recuerdo de cuando era chinorri (debía tener unos diez años). Iba al dentista, a que me ajustara unos hierros de los dientes (que acabaron siendo totalemtne inútiles), cerca del cementerio. Justo enfrente del mismo había una frutería. Y a la vuelta del dentista, mi madre aprovechaba para comprar, y yo para alimentar mis tendencias siniestroides y necrófilas yendo a asomar la cabeza por entre las rejas de la puerta. Una de las veces, juro sobre lo que sea que vi salir, de uno de los nichos vacíos que había en la pared derecha según se entraba, un gato. Completamente blanco. Que cruzó tranquilamente para ir a meterse en un nicho vacío de la pared izquierda. Lo cual no tendría nada de particular si no fuese porque el morro del michino quedaba a la altura del segundo nicho empezando desde el suelo. Lo que implicaría más de medio metro de altura. Lo cual no es un tamaño especialmente habitual para un gato.

Siempre me he preguntado si es que ese dia iba con sueño y ví visiones, o si es que era algún tipo de fantasma. Mi parte racional y científica apunta sin lugar a dudas a la primera opción. Pero todo el resto de mi ser clama deseando que fuese la segunda.

Claro que, entre eso y los huesos no desenterrados, vivir en uno de los pisos que han construido allí debería ser de lo más divertido...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bueno... Si te gusta pensar que era un fantasma. ¿porque no iba a serlo? Y si no, el primo gatuno de godzilla. sea como sea, una vision interesante.