martes, 12 de septiembre de 2006

Literatura de a veinte pelas el litro (XV)

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En un futuro lejano, donde la humanidad se ha expandido cual plaga de langosta por las galaxias, terraformando cualquier mota de polvo que se cruzase en su camino, y donde las grandes corporaciones transplanetarias hacen y deshacen a su antojo, las cosas no han cambiado tanto con respecto a la actualidad. Y una serie de catástrofes ecológicas a nivel planetario producidas por decisiones de dichas transplanetarias, tomadas en contra de la opinión de los técnicos expertos en terraformación por parte de ejecutivos estresados que no tenían ni zorra idea de qué es lo que se llevaban entre manos (ven como no cambia tanto la cosa con respecto a la actualidad?) puede lograr que el gobierno acabe por decretar una ley que obligue a dichos ejecutivos a tomarse un mes de vacaciones en las que desconectar por completo del trabajo, so pena de años de cárcel. Por supuesto, deberían presentar justificantes que demostrasen sin lugar a dudas que habían estado de vacaciones, no fuera el caso que se encontrasen con algún listillo que dijese "no, si yo me he ido" pero se hubiese pasado el mes colgado del intercomunicador en el despacho de su casa. Las vacaciones tenían que ser eso, vacaciones, y dado que se trata de altos ejecutivos de alto poder adquisitivo y tal, era de esperar que las pasaran a todo tren.

Pero parece que el ser humano no cambia por más siglos que pasen, y claro, hecha la lay, hecha la trampa. Así que no tardó en aparecer la profesión (ilegal e ilícita) del vacacionero, es decir, la persona que se hace pasar por el ejecutivo y, a gastos pagados, hace las vacaciones en su lugar mientras que él sigue trabajando. Que a ver si ha de venir ahora el estado liberticida a coartar la libertad de los ejecutivos de trabajar treinta horas al dia, seiscientos dias al año, y de provocar catástrofes medioambientales jugando con la vida de los colonos porque sí, en contra de las sacrosantas leyes del mercado. Hasta aquí podríamos llegar, cuanto proporicón suelto. Y, en contra de lo que podría parecer a primera vista, es una profesión de riesgo. No ya sólo porque, siendo una profesión ilegal y que se ha de prácticar en el máximo secreto, estés en manos de una gentuza (los ejecutivos de las corporaciones) que dejarían al Gang del Chicharrón y a los alegres chicos de don Vito Corleone a la altura de los infanticos del Pilar (insisto, ven como las cosas no cambian tanto?), sino porque lo mismo te puede tocar suplantar, siendo tú un hombre heterosexual culto, sencillo y tranquilo, que a lo más que aspira es a una vida gris y aburrida, a un zoofilo aficionado a las orgías, como a un entusiasta de los deportes de alto riesgo, como a un homosexual sadomasoquista, como a (horror de los horrores) un aficionado al arte contemporáneo.

Y en esa tesitura se encuentra el pobre Onofre Guisasola, obligado, a causa de unos pequeños asuntillos de deudas, a substituir a don Conrado Sakamotodurante sus vacaciones en Tapiestown, la capital de Alfa Centauri... y del mal gusto encarnado en la figura del arte contemporaneo. Un planeta controlado hasta el detalle por los críticos de arte, y donde incluso la comida se ajusta a los patrones deconstruidos de dicho arte. Un mundo conmocionado por la desaparición de "la mayor obra de arte que haya producido la humanidad", la Niña Sinóptica...

A partir de esas mimbres, Eduardo Gallego y Guillem Sánchez logran tejer, en El factor Crítico (Colección Unicorp nº 4, Silente Ciencia Ficción) una descacharrante sátira, en clave de novela policíaca (paródica, por supuesto), donde despellejan sin piedad el mundo de las grandes multinacionales, el arte moderno, la cocina de autor, el ejército y sus relaciones no siempre (por no decir nunca) claras y cristalinas con las grandes industrias, la credulidad de la gente (y más entre mayor sea su nivel adquisitivo) frente a los autodenominados "expertos" (en lo que sea) o las guerras clandestinas entre empresas. Todo ello aderezado con un ordenador con capacidad de generar hologramas y complejo de Jack Lemon en Con faldas y a lo loco y un Ferrari descapotable con la inteligencia artificial de un crucero de guerra psicópata deslenguado.

Una divertidísima novela corta, de reir y no parar, que comparte volumen con Dar de comer al sediento, de los mismos autores y que, con su permiso comentaré otro dia. Muy, muy, muy recomendable. Un nueve y medio.

Hace 307 posts...

3 comentarios:

Urui dijo...

Durante los tres primeros párrafos pensé que se te habían cruzado los calbes del todo y hablabas otra vez del metro.

Lo buscaré por ahí.

DeCa dijo...

Me descojono con urui... yo tambien pensé que habías tenido alguna "movie" a la catalana! :)

Lo anoto.

Sota dijo...

No me hableis del metro... no me hableis del metro. Groarg.