lunes, 24 de julio de 2006

Naïve

Hace cosa de un mes les hablaba de los niños que estaban haciendo la selectividad en la facultad en la que trabajo. Un post que era, en el fondo, de tetas y culos. Naïf e insustancial como la vida misma.

Bueno, pues hoy esos mismos niños (bueno, esos y otros, los que han aprobado la selectividad y se quieren matricular en Farmacia) estaban haciendo las matrículas para el año que viene. No sufran, no voy a volver a hablarles de carnes púberes, que con este calor igual no es lo más adecuado. No es cuestión de subir más la temperatura. Sólo espero que no haya algún gerontófilo entre esta audiencia a la que tanto debo y que tanto me aprecia.

Porque lo que me ha sorprendido y me ha parecido digno de mención no son ni las gothic lolitas, todo cuero, látex, polvo de arroz y quincalla pseudomística y parachunga con la que está cayendo, ni la punkita minifaldera que en esa mega-pija-osea (en el peor sentido de la expresión) cantaba como una almeja puesta al sol, ni el intento quiero-y-no-puedo de surfista con más granos que una paella de estas que se hacen en las fiestas mayores para intentar batir el Record Guinnes y que acaban siendo una sopa salada de arroz crudo incomestibles. Lo chocante era la cantidad de novatos que venían acompañados de sus padres. Madres, en su mayoría, si he de decir la verdad.

Vamos a ver, que igual es que me estoy haciendo viejo (mi calva incipiente asiente en silencio mientras sonríe cual dibujo de Rob Liefeld, la muy puta), pero lo encuentro inconcebible. Cuando yo entré en la facultad, hace... once años, parece mentira, ni se me pasó por la cabeza decirle a mis padres que me acompañaran a nada. Vamos, ni en la facultad, ni en el instituto. Es más, es que si se les hubiese ocurrido sugerirlo, los hubiese enviado (muy educada y cariñosamente, eso sí) a la puta mierda. Y a cualquiera que se le hubiese ocurrido presentarse en la sesión de presentación o en las matriculaciones acompañado de sus padres, y que no tuviese una muy buena excusa (del tipo una pierna rota o, y esta ya muy cogida por los pelos, que viviese fuera y fuesen a aprovechar el viaje para buscar un piso compartido o una residencia de estudiantes) se exponía a convertirse en el hazmereir del curso. Por niñato. Y aún en esos casos que digo, al padre en cuestión se le enviaba al bar a hacer tiempo. A ser posible, al bar de otra facultad.

Ahora me podría saltar alguien diciendo que si la LOGSE, que si patatín y que si patatán. Los cojones. El hecho es que los adolescentes cada vez tienen un comportamiento de cara a la galería más adulto, pero al mismo tiempo son cada vez más infantiloides, más incapaces de enfrentarse a nada que no sea la pecera donde han vivido siempre. Y el papel de la escuela (del grado que sea) en eso es, a mi modo de ver, pequeño. Porque en el instituto los llevarán más o menos en mantillas, pero... vamos a ver, dejémonos de hostias. Si a mí se me hubiese ocurrido decirles a mis padres que me acompañasen a hacer la matrícula de la universidad, del soberano collejón que me habría llevado por niñato aún me estaría bailando la cabeza. (Inciso: He dicho colleja, no capón. No es lo mismo y no cometan el error de confundirlo. Ambos son golpes con la mano propinados en la parte posterior de la cabeza, un poco por encima de la nuca. Pero mientras que el capón se da con el puño cerrado, y su función es hacer daño, la colleja se da con la palma de la mano y su función es humillar. No es lo mismo para nada).

Que, en este caso sí, la culpa es de los padres que los visten como putas. Que sobrepotegen a sus churumbeles convirtiéndolos en flores de invernadero. Joder, se supone que alguien que entra en la Universidad ha de ser lo bastante adulto (ya no digo listo, ya no digo inteligente, ya no digo culto, que de esto último sí se podría culpar a la escuela, digo adulto, maduro, formado como persona) como para poder enfrentarse a un dia entre desconocidos y unos (por otra parte, absurdos e ininteligibles) formularios de matriculación. Y si no sabes cómo hacerlo, aprendes. Un error de ese tipo, a esas alturas de la vida, hay tiempo de sobras de corregirlo. Y unos cuantos años más adelante probablemente no puedas permitirtelo.

Y claro, luego pasa lo pasa. Conocen la figura de la amantis religiosa? La típica niña de colegio de monjas interno que se ha pasado toda la pubertad sin ver a ningún hombre de carne y hueso (al menos, no a ninguno menor de sesenta años y que no llevase faldas, los curas profesores no cuentan) y que, a la que sale del colegio, embargada por la emoción de esos seres desconocidos para ella y con todas las hormonas ya no en ebullición, como es lo habitual, sino comprimidas en una olla exprés sin válvula de seguridad, se lanzan con intenciones libidinosas sobre cualquier cosa con pantalones que se cruza en su camino como zorras en celo. Pues lo mismo. Que como han estado tan protegidos, tan seguros, en su burbuja de cristal, y nunca han salido volando de la bicicleta por ir a demasiada velocidad y encontrarse de pronto con un bache que no debería estar ahí, ni han hecho saltar los plomos de todo el bloque metiendo un alambre en un enchufe, ni se han dejao los piños contra el bordillo de la acera por hacer el cabra, ni han sufrido una resaca como dios manda (porque claro, eso de que los niños beban en las fiestas está mal, que lo mismo se vuelven alcoholicos), pues se creen que todo el monte es orégano. Y así van las estadísticas de embarazos no deseados y contagio de SIDA y hepatitis, el repunte de adictos al caballo o los comas etílicos los domingos en las urgencias de cualquier hospital.

Porque son flores de invernadero. Y el problema de las flores de invernadero es que no aguantan ni dos minutos fuera de él, y es imposible mantenerlas en el invernadero para siempre.

Bueno, eso y que no huelen a nada, claro.

Hace 307 posts...

6 comentarios:

La vida de Duncan dijo...

como nos hemos levantado hoy, amigo.

Animo. Alguno de ellos conseguirá adaptarse al medio hostil y, torpemente, se pondrán condones y se matricularán en cursillos de desintoxicación... claro, esto ya con treinta.

ZaraJota dijo...

No se. Yo dudo mucho que el niño le diga a su madre que le acompañe a ver el sitio. Es más bien la madre la que se empeña en ir a ver el sitio ese que le cuesta una pasta donde va a estar su hijo unos cuantos años haciendo el vago.

acovv, hoy

Soliloco dijo...

"Porque son flores de invernadero. Y el problema de las flores de invernadero es que no aguantan ni dos minutos fuera de él, y es imposible mantenerlas en el invernadero para siempre."

Que gran verdad... pero que GRAN verdad, cuantos padres podrian haber evitado desgracias si tan solo fueran conscientes de eso

Sota dijo...

Duncan, quieres decir que hay posibilidades de que alguno de esos engendros sobreviva y pueda pasar sus genes a la siguiente generación?

Mama, miedo...

ZJ, pues eso es lo que digo, que la culpa es de los padres, que las visten como putas. Que mucho quejarse, mucho quejarse, pero luego son ellos los que tratan a chavales que ya tienen los huevos más que negros como si tuviesen diez años. Y de los hijos que no se plantan y les dicen que de qué, claro.

Eeequelicuá, Soli. Y encima no huelen a nada. Y así salen, dessubstancios perdíos.

Urui dijo...

Tampoco es enteramente culpa de los chavales, ten en cuenta que cada vez nos tratan como adultos más tarde: nos encarcelan más tarde, nos idependizamos más tarde, conseguimos empleos dignos de ese nombre más tarde... etc.

En mi instituto nos explicaron que, a pesar de ser mayores de edad (solo 2 menores de 20 años pero mayores de edad) y que el seguro escolar es un engaño, si nos pasaba algo en horario escolar auque estuviésemos en la calle, era culpa del instituto por no habernos controlado. Lo que ya no supieron decirnos era si había algún papel para firmar que descargase al instituto de responsabilidad y pudiésemos ser tomados como adultos que éramos.

Sota dijo...

Pues precisamente de eso es lo que me quejo, Urui. Que son infantiloides, sí, pero porque los padres les hacen infantiloides. Y luego se quejan.